Annie Hall (Dos extraños amantes, Estados Unidos, 1977), de Woody Allen

“¿No quieres ir a la fiesta, está bien, no hay problema, entonces, qué quieres hacer?”

 

Esta película puede entenderse como una suma. Un humorista judío de Nueva York que tiende a reírse un poco de todo (la izquierda y la derecha unida jamás serán vencidas escribiría Nicanor Parra) y que ha ido construyendo una carrera dentro de la tradición de la comedia norteamericana, esa que va de Buster Keaton a Jerry Lewis, con comediantes autores que escriben y dirigen sus propios filmes, decide de pronto hacerse adulto. Cuando Allen estrena Annie Hall en 1977, la voluntad de hacer evolucionar hasta la complejidad la estructura del gag puro y el humor hiperkinetico iniciados en su cine allá por 1969 con Robo, huyó y lo pescaron, es clara. Estamos en la década del cine de autor del Nuevo Hollywood y su personaje esta vez parece acercarse más que nunca al alter ego que quizás Allen siempre ha buscado o fantaseado como un producto resultante, necesario o inevitable, de un sí mismo que desconocemos realmente.

Alvy Singer (Allen) es un humorista que coquetea entre la televisión y la obsesión por la muerte, la alta literatura y el beisbol, Ingmar Bergman y la ética individual impostergable aunque raquítica, en un mundo dominado por el cinismo y la individuación alienante. Su contraparte femenina que da título al filme, una Diane Keaton en una de las mejores interpretaciones de la década y que jamás queda atrás de Woody en magnetismo y carisma, es una mujer ya treintona que vive sola en un departamento, en una inmensa ciudad de personas que viven solas y comparten todo el tiempo espacios comunes, citas, reuniones, eventos, donde nadie para de hablar. Es un personaje de un encanto irresistible pero también ‘irreparable’ ya que su honesta inseguridad imbricada a su sentido del humor dará un marco y tonalidad definitivos a la relación de amor que desarrolla con Singer.

El humor de estos dos excéntricos será puro movimiento, indisolublemente tejido con una precoz deconstrucción, sobre todo temporal, de la idea de pareja, el regalarle humor a la vida o reírse de ella en un solo gesto por ende siempre ambiguo, más nunca definido totalmente en alguna dirección, porque Allen jamás va a rehuir de la nostalgia y la ternura, ambos materiales de una lucha por la permanencia de los planos en un ir y venir de recuerdos que hacen de esta historia de amor y esa mujer una especie de sueño que, como todos, resultara finalmente efímero (Allen nos lo cuenta ya en la primera escena). Toda esta suma fílmica de recursos ganados en su carrera, sumado a otros que el director encuentra a la mano en el ambiente cultural de la época, se estructura como un puzzle narrativo que juega con los tiempos en igual medida que lo hace con la nostalgia y el escepticismo. Es como si la textura de las imágenes, los recortes, las elipsis, los encuadres y el ritmo fueran un reflejo y síntoma del aura y el destino de sus dos protagonistas como pareja. Es casi imposible pensar la estructura y ritmo de esta película con otros actores. Todos esos materiales invertidos aquí, desde el stand up, la división de la pantalla en dos, con cada protagonista hablando en un espacio distinto, la escena musical (en la que Diane Keaton canta, nuevamente, de forma inolvidable), la nerviosa cámara en mano para algunas escenas, la inclusión de cantantes y filósofos de fama universal y la ya clásica en Allen, presencia de personajes de distintas épocas dentro de un mismo plano y lugar, cobran peso fundamentalmente gracias al encanto de Annie y el caos con sentido en la cabeza de Alvy.

Woody Allen filma y representa con nerviosismo, pero cada plano y secuencia son a la vez cuidados y ambiciosos retratos que van entre lo pop y lo culto, lo observado y lo anhelado. La película se desarrolla claro está, desde el lugar de la memoria de su autor personaje masculino. Es el quien abre el relato hablando directamente a la cámara sobre el amor perdido. En este sentido Annie Hall no es inmune al inmenso ego con que Woody Allen evoluciona en su reconocidísimo ya personaje de humorista, para derivarlo hacia la imaginería de lo que coloquialmente llaman cine arte en un juego que une la ficción con la representación cultural. El personaje de Diane Keaton es el caos bello al caos puro, la espontaneidad a la inseguridad, o viceversa, incluso su icónica forma de vestir suma lo femenino-masculino al estilo entre esperpéntico y sexualizado de masculinidad que Allen un poco satirizadamente desarrolla. Solo que ambos son muy distintos. Ella aprenderá algo de el (¡siempre estás pensando que no soy lo suficientemente inteligente!) y luego dará sus propios pasos sin tantos códigos, el, reticente, ambiguo al compromiso, pesimista y moralista, la seguirá hasta el final.

Ambos además, tan opuestos y necesitándose, no han parado de hablar durante todo el filme. Será tal vez esa una búsqueda desesperada, egocéntrica, pero desesperada, por la comunicación en un mundo paradojalmente egoísta. Alvy (nuestro Woody Allen) siempre busca infructuosamente en el sarcasmo algún atisbo de “justicia” que ordene el mundo. Annie finalmente será una impensada mensajera indirecta de cosas de ese mundo más que una representante fiel del sin sentido del que ambos parecen huir pero que terminan enfrentando cara a cara. Mucho de las formas del cine independiente que vendrá después le deben la vida a esta pieza de pensada esquizofrenia fílmica donde la risa, la búsqueda de comunicación y la reafirmación de la posibilidad autentica del amor adulto a un otro que se conoce pero no se posee, coexisten superpuestamente dentro de un verdadero corpus de imágenes cuyo sabor va desde el encanto a la melancolía y finalmente a la tristeza y la vida, y que conforman una especie de película archivo, románticamente crepuscular, cínicamente luminosa.

Puede llegar a ser terrible la disyuntiva ética en que nos deja este clásico en el presente de un Woody Allen inmerso en el escándalo y la censura, en la discutible imposibilidad de separar hombre de artista. A esta película se la ama y si me apuran, no se la puede obviar. Eso sería como rechazar no solo al amor y decepciones que hemos sentido u ocasionado y en consecuencia, a buena parte de nuestra propia vida, sino también a la forma en la que solemos reconstituir esa misma vida, a la afición, quien sabe si absurda, de hacerlo una y otra vez.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *