The Lighthouse (El faro, Estados unidos, 2019), de Robert Eggers

Reseña con Spoilers

En un prólogo a la edición argentina traducida por Silvina Ocampo, de los poemas de la enigmática escritora norteamericana Emily Dickinson, Jorge Luis Borges afirma que, de las muchas regiones americanas, incluyendo Suramerica, la más regularmente visitada por la inspiración o las musas es indudablemente Nueva Inglaterra, hogar de escritores góticos, infernales o iluminados de la literatura estadounidense como Poe, Emerson, Frost, Dickinson, Melville, etc. Este último, creador de Moby Dick, inspira y es citado en canciones y relatos en esta película. Pero hay aquí un infierno propio. Uno que huele a mar, a leyendas de marineros que se creen a pie juntillas, y también recuerda a Poe, al viento tormentoso y la luz, que en general juega un papel ambivalente, a la convicción de la naturaleza como profundo misterio del que somos deudos y parte, y envuelve y casi habla, todo el tiempo, y que juega un papel tan místico cristiano como hermético en la citada poetisa norteamericana.

Es Nueva Inglaterra, en algún punto del siglo XIX. Dos hombres llegan a la isla y al faro, casi como fantasmas, mirando directamente a la cámara. Llueve mucho y la fotografía en blanco y negro multiplica sombras en igual proporción que signos enigmáticos de locura o deseo. Están solos, en un faro, uno de ellos, personificado con maestría única por Willem Defoe, se queda con el trabajo de la luz en el mar, arriba, subiendo escaleras de caracol. El faro mismo será una zona vedada para el otro, más joven y sometido no felizmente por el primero para las labores más domésticas. Se trata aquí de un tema de voluntad impuesta con furor, no hay opción de discutir. Los exteriores, filmados muy velozmente a veces, están azotados de viento y lluvia, y de la figura oscura del joven, otro espectacular Robert Pattison, en faenas, o en encuadres más concentrados, como una escena brillante en su ejecución que enfrenta a un hombre con una gaviota en planos cada vez más rápidos y violentos, una forma muy dinámica de construir imágenes góticas, allí donde la luz es una amenaza más que revela tan poco como la oscuridad. Adentro, en los interiores, la estética es densa y sórdida, espesa como el líquido que se desliza por las tablas, probablemente semen del cuidador de la luz, que gime fascinado con la luz envolvente del faro en la cúpula, una luz sobrenatural e hipnótica que solo él logra mirar extasiado, guardándonos el misterio a los espectadores. Los dos hombres conversan, se emborrachan, bailan, llegan a abrazarse, casi se besan, pero uno quiere irse, sabe que está enloqueciendo. En un primer plano en contrapicado, que gracias a la luz sobre el rostro y la barba de Defoe ilumina una gestualidad de un furor casi sobrenatural, el farero maldice con una larga perorata al joven por no gustarle la comida que prepara. Pattison finalmente solo responde un poco ausente: está bien, me gusta tu comida.

Como en buena obra posmoderna, Robert Eggers superpone los personajes a quienes los representan, los actores. Eso da cuenta de tal vez una batalla en esta película, entre el consciente y el subconsciente. La luz blanca siempre se cuela por rendijas o fragmentos geométricos entre las sombras. Juega un papel extraño, ambivalente en la moral del filme. La ansiamos tanto como sus personajes, pero nos mostrara lo que no queremos ver, lo que no debería ser. Nos acomoda más que la cámara se arrastre hacia la oscuridad. Las dos figuras también son oscuras, formas que se atraen y repelen, uno locuaz el otro silencioso, a veces se ríen o cantan, borrachos, y algo de ellos está ahí, nunca rompiendo del todo el cuarto muro. Si hay un filme al que constantemente se alabe por el brillo de sus rostros en primeros plano, que haga decir a los actores, esto solo en el cine, ese podría ser El faro. Los rostros, las voces, y a veces los gruñidos, las morisquetas, todo da cuenta de una represión que quiere explotar, como el mar rugiente en las rocas que finalmente ya no deja salir o llegar a nadie a la isla.

En La bruja, debut inmediatamente anterior de Eggers, los gestos faciales iban perturbándose ante la certeza y crisis final de la presencia satánica al interior de la familia de puritanos. En El faro se siente el misterio de la luz, irradiando algo maligno que nunca se enfatiza y ni siquiera se alude directamente, pero se adivina en las gaviotas, en la desolación del paisaje y la falta absoluta de horizontes para estos dos hombres, en todos los sentidos. Es una luz que observa durante todo ese tiempo turbulento del metraje y juega, porque no, con la represión y aburrimiento de esos dos seres solitarios, vagantes, finales. El deseo, la misión, es subir al faro, abrir la puerta y por fin enfrentarse a la luz, desentrañar obsesivamente el misterio. Pero los caminos son sinuosos, todo tiene su ritmo muchas veces dislocado, las actitudes radicales, la voluntad de locura, en su justo espacio, con interpretaciones inolvidablemente expresionistas que sugieren la forma y modelan el fondo.
El misterio final que entregara la luz no será solo la muerte, para el cine no al menos. Porque como en el verso que escribía el poeta peruano Cesar Vallejo, Moriré en Paris con aguacero, morir en el arte siempre tendrá una ensoñación de realidad, una nostalgia singular, que da toda la vuelta y se reencuentra consigo al final, como un círculo. Morir, en cambio, comido por gaviotas en la desnudez de la playa es un horror, inolvidable, pero atroz y finalmente muy carnal. Deseo, repulsión y muerte en una sola unidad llamada plano.

2 Replies to “The Lighthouse (El faro, Estados unidos, 2019), de Robert Eggers”

  1. Buena página de cine, la vengo conociendo recién y me ha encantado. La verdad he leído solo dos de tus reseñas, esta y la de Nomadland, pero me parece un súper buen sitio. El faro la he visto ya tres veces y le voy encontrando nuevos detalles e interpretaciones, tiene mucho paño por cortar.

    Saludos!

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