TENET (Reino unido, 2020) de Christopher Nolan

Nostalgia a descifrar 

Tenet puede ser una puerta, una que está en todas partes y en ninguna: la orgía posmoderna de un centro o pilar del mundo que se nos escapa con cada bocanada de aire, cada secuencia de acción que se encadena. Es naturalmente una palabra y un inicio, un gesto de reinicio que se le ofrece al protagonista como todos los presentes en forma de caja sellada, otorgados aparentemente en clave de privilegio a aquellos que han pasado por los peores ritos de prueba con que esta vida pueda aun sorprendernos. John David Washington interpreta a un agente de la CIA llamado en el filme simplemente como “el protagonista”, quien participa encubierto en una operación de rescate en el teatro de la opera de Kiev, Ucrania. Poco después de toparse con un extraño artefacto, sin uso u origen determinado, es descubierto y en una escena brutal, que Christopher Nolan filma en un tono crepuscular (la hora del día, la banda sonora), sufre la tortura a manos de un hombre ‘local’ quien le arranca los dientes. Ese es el inicio del filme y es la atmosfera apocalíptica y enrarecidamente nostálgica que no abandonará el relato hasta el fin. Como pago o retribución por haber aguantado la tortura sin delatar a sus compañeros el protagonista recibirá un gesto, una palabra: Tenet, el inicio de un puzzle temporal con que Nolan va a desplegar su juego enrevesado narrativamente hasta el límite. Lo que en Inception era el mundo de los sueños, aquí lo es el tiempo, pero Tenet sabe menos a chatarra fílmica que aquella, aun cuando la coquetea a medida que avanza en su tejido narrativo innatural.

Tenet es básicamente una misión que rápidamente va enseñando sus materiales radioactivos, la gravedad de los eventos y peligros asociados a un posible fracaso de esta, la solemnidad de la muerte en clave blockbuster (la muerte de todos, el fin del mundo), siempre con una bella fotografía crepuscular (no hay amigos en el crepúsculo es la frase en clave de los espías) y una música seductoramente melancólica y muy contemporánea. Como en otras de Nolan, el relato es un largo encadenamiento de secuencias de acción o diálogos decidores, con alto sentido de trama, y nunca se detiene pero tampoco se acelera más de la cuenta. Solo en los recursos de montajes paralelos o en tiempos adelantados, los que muestran el plan y su ejecución, puede tal vez adquirir un tono más clásico a blockbuster, aun siendo este último un recurso muy de Nolan.

Pero dicho todo esto, ¿de qué trata Tenet, una película de la que se ha dicho tanto que es incomprensible? ¿Alguien desea destruir el mundo? si, ¿ese alguien “posee” enfermizamente a una mujer fatal? si, ¿posee un yate?, si, ¿hay atracción entre esa mujer y el protagonista?, sin duda. Y ¿cuál es la amenaza con que el mundo peligra? pues una extraña deformación temporal que hace anteceder el efecto a la causa, al menos en apariencia, desde nuestro punto de vista del tiempo. Es lo que llaman, objetos o sujetos invertidos, muchas veces doblados, es decir, que coexisten con sus otros yo gracias al viaje temporal. Esta premisa que se avizora fascinante va tornándose muy visible en sus efectos prácticos a medida que avanza el relato. Lo que será, ya fue, lo que está ocurriendo ahora se explica por algo que sucederá mañana y que ya ha ocurrido, eso sí es seductor. Los hombres o autos que avanzan en reversa en cambio, las explosiones que se anulan a sí mismas retrotrayéndose hacia su inicio, lo muy literal, posiblemente necesitaría de cierta dosis de ironía o ensueño para no sonar algo absurdo. Y eso es lo que recuerda a lo peor de Inception: los soldados del sueño allí, los comandos (o cuasi marines) del tiempo aquí. A cambio de esa dimensión del anterior filme de Nolan, uno recuerda o postula a Existenz de David Cronemberg, mucho más desesperante, rara, alucinante y oscura, a lo Burroughs.

Pero esto algo que no molesta tanto en Tenet. Al menos su primera mitad es tan cautivante que uno puede legítimamente preguntarse qué sucedería si esta apretada, nerviosa y melancólica versión de cine masivo hubiera sido una entrega de James Bond. Un 007 afroamericano, perfecto para el papel, perdido en una red temporal y enamorado de una mujer muy alta y muy solitaria, que no será suya por algo que excede la comprensión de cualquier humano. Y he ahí un problema que veo en Tenet, algo que lastra su potencia visual, su belleza asociada a un apocalispsis que es como el hecho estético definido por Borges: la inminencia de una revelación que nunca se produce, pero que templa no solo el clima sino cada acción, decisión y dialogo de esta historia. Y es que es una nostalgia indeterminada por lo que fue y muchos no sabrán, por lo que pudo ser, por lo que fue para algunos y recién empieza a ser para otros. Es un enigma narrativo que no hay que descifrar sino sobre descifrar. Como el famoso VAR en el futbol (si se me permite hablar aquí y comparar con el deporte rey), revisar una y diez veces la jugada de un gol ya hecho, antes de validarlo finalmente, le quita mucho de sabor y emoción al éxtasis de la celebración. Y aquí hay éxtasis, pero no está presente, no está suelto. Es la promesa de un éxtasis, la tristeza de que jamás saldrá de su caja mágica propiedad del tiempo, no de la naturaleza humana.

Y sin embargo, a pesar de todo eso y más, Nolan consigue transmitir e instalar un estado de ánimo, la melancolía, tan contundentemente como en Interestelar. Un estado anímico del tamaño y la forma de una catedral que se evapora con lentitud no de inmediato sino transcurridos al menos una o dos horas de terminado su visionado, pero que retorna instantáneamente cuando se vuelve al operativo de la ópera de Kiev, y el rostro cansado, enigmático del protagonista al iniciar su misión (y su historia y por ende su película), y eso por encima de los lugares conocidos y los recursos muy juveniles, de un guión demasiado bien o algo mal contado, es terreno del cine puro, y es marca de la casa.

 

 

 

 

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