Trial of the Chicago 7 (El juicio a los 7 de Chicago, Estados Unidos, 2020) de Aaron Sorkin

Conseguir un voto demócrata, un par de oscars, ¿y en unos años más qué?

Es una película y de Hollywood, eso es lo primero que se me viene a la cabeza a la hora de gozar o no este filme, aun parcialmente, y si se lo merece. Son siete, pero en realidad se trata de ocho hombres que fueron a juicio en 1969, culpados por la nueva administración de Richard Nixon (quién llegaría con los años a ser la gran inspiración de George Lucas para crear al maléfico emperador de Star Wars). Uno de ellos, Bobby Seale, cofundador de los panteras negras, y que seguramente en su calidad de hombre negro y líder del polémico movimiento activista afroamericano, fue implicado junto a los demás, pese a que prácticamente no tenía vela en el entierro, ya que había participado del famoso mitin en Chicago solo por un par de horas, y días antes de que ocurrirán los disturbios callejeros que terminaron con el heterogéneo grupo bajo juicio, casi un año más tarde. Lo que se filma aquí es por tanto, un pedazo de historia, una nueva visita al final de los años sesenta en Estados unidos, el retrato del furor y la esperanza en algún tipo de revolución o si pueda ser, un cambio profundo de representaciones e identidades, de un modelo completo de mundo, o de la siempre presente utopía de humanizar (no de domesticar) a la humanidad.

Cuando una situación como ese juicio, resulta tan absurda incluso a priori, se puede representarla en la densidad de su burocracia, en toda la seriedad del procedimiento, para desnudar de forma aparentemente indirecta esa misma sensación de absurdo, que va emergiendo sola, como espuma. Otra forma es la de enfatizar ya ese absurdo a través de una escenificación programada para ello. Ese último es el camino de Trial of Chicago 7, uno conservador en Hollywood, que ya le asigna roles a cada comediante del circo y siempre deja en claro que aquí está lo bueno y allá lo malo. Esto último también ocurre en el primer caso, como en cualquier cuento moral (llámese aquí, histórico), solo que allí el sabor que deja la realidad, es más bien raro, y en el presente caso en cambio, efervescente, como una sprite más o menos helada. Aaron Sorkin arma un puzzle en el que esa efervescencia tiene mucho de cocktail de los sesenta y ánimos de rebelión, siempre justos o así al menos lo parecen, y donde no hay dudas del auténtico enemigo: la guerra de Vietnam (la muerte lejana), y los agentes de la oscuridad que la legitiman. Solo que aquí la verdadera efervescencia, que deriva de ello, es el carisma de los personajes y el elenco que los sostiene.

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Nomadland (Estados Unidos, 2020) de Chloé Zhao

Tragedia o libertad 

Quizás esta película podría definirse con una fórmula que se entronca en su argumento y es inentendible sino se roza al menos algo de la fibra de su poética narrativa: “formas de recuperar el recuerdo un patio que miraba a la inmensidad sin fin”. Nomadland muestra una serie de personajes, arrojados de algún modo a la carretera, y como la clave de la película es existencial, coexistiendo con fantasmas que perduran dentro de cada uno y se diluyen a ratos, cuando la dura vida que se persigue obstinadamente de mantener hace mirar con más claridad hacia el que está al lado. Es la vía de los nómades, gente cuya intimidad está en el interior de sus casas vehículo y sus gestos van orientados hacia los encuentros y reencuentros permanentes con los otros que como ellos, persisten en mantenerse siempre en movimiento, al borde o casi al interior de la naturaleza que todo lo circunda y ayuda a explicar un poco mejor.

Fern (Frances McDormand), tras quedarse sola y viuda en Empire, lugar fantasmal donde vivió toda su vida de casada, un pueblo que literalmente muere al cerrarse la planta industrial en plena crisis subprime del 2008, se ve impelida a lanzarse al camino en su vieja camioneta acondicionada precariamente como vivienda rodante. En la carretera va conociendo a otros que como ella, han huido de algo, sea la soledad, la pauperización, el vacío, o el dolor de alguna perdida que es un rasgo que parece acompañarlos a casi todos. Fern, ya bien avanzado el relato, en una breve conversación con otra mujer más joven que no tiene nada que ver con los nómades, comenta sin mucho alarde pero con la honestidad que a veces motiva lo casual, que su vida de casada no tuvo nada de especial, para desdecirse inmediatamente como quien redescubre una y otra vez lo mismo, exclamando algo así como, en realidad fue extraordinario, teníamos un patio que miraba a una inmensidad sin fin.

Así, ella, la nómade, parece configurarse en una testigo, una vida de testimonio más intensa que otras vidas, testigo de rocas, cielos, paisajes, nieve, océanos, panorámicas, pero en particular de memorias, fotografías, imágenes del recuerdo intensas por lo presentes en seres que como ella, han ido aprendiendo a amar la soledad del camino y la vigencia de los reencuentros entre sí, los momentos solos y reunidos. Y en esa soledad fundadora del compañerismo surge otra clave, la de la subsistencia material en un país en crisis que ve cerrar fábricas y puestos de trabajo y aun así logra precariamente dar algún trabajo a sus náufragos. Es un naufragio extraño, que avanza por las carreteras de Norteamérica, guardando la memoria como núcleo existencial y mirando hacia el horizonte igual como se siente aquello que circunda, la naturaleza y los otros.

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