Nomadland (Estados Unidos, 2020) de Chloé Zhao

Tragedia o libertad 

Quizás esta película podría definirse con una fórmula que se entronca en su argumento y es inentendible sino se roza al menos algo de la fibra de su poética narrativa: “formas de recuperar el recuerdo un patio que miraba a la inmensidad sin fin”. Nomadland muestra una serie de personajes, arrojados de algún modo a la carretera, y como la clave de la película es existencial, coexistiendo con fantasmas que perduran dentro de cada uno y se diluyen a ratos, cuando la dura vida que se persigue obstinadamente de mantener hace mirar con más claridad hacia el que está al lado. Es la vía de los nómades, gente cuya intimidad está en el interior de sus casas vehículo y sus gestos van orientados hacia los encuentros y reencuentros permanentes con los otros que como ellos, persisten en mantenerse siempre en movimiento, al borde o casi al interior de la naturaleza que todo lo circunda y ayuda a explicar un poco mejor.

Fern (Frances McDormand), tras quedarse sola y viuda en Empire, lugar fantasmal donde vivió toda su vida de casada, un pueblo que literalmente muere al cerrarse la planta industrial en plena crisis subprime del 2008, se ve impelida a lanzarse al camino en su vieja camioneta acondicionada precariamente como vivienda rodante. En la carretera va conociendo a otros que como ella, han huido de algo, sea la soledad, la pauperización, el vacío, o el dolor de alguna perdida que es un rasgo que parece acompañarlos a casi todos. Fern, ya bien avanzado el relato, en una breve conversación con otra mujer más joven que no tiene nada que ver con los nómades, comenta sin mucho alarde pero con la honestidad que a veces motiva lo casual, que su vida de casada no tuvo nada de especial, para desdecirse inmediatamente como quien redescubre una y otra vez lo mismo, exclamando algo así como, en realidad fue extraordinario, teníamos un patio que miraba a una inmensidad sin fin.

Así, ella, la nómade, parece configurarse en una testigo, una vida de testimonio más intensa que otras vidas, testigo de rocas, cielos, paisajes, nieve, océanos, panorámicas, pero en particular de memorias, fotografías, imágenes del recuerdo intensas por lo presentes en seres que como ella, han ido aprendiendo a amar la soledad del camino y la vigencia de los reencuentros entre sí, los momentos solos y reunidos. Y en esa soledad fundadora del compañerismo surge otra clave, la de la subsistencia material en un país en crisis que ve cerrar fábricas y puestos de trabajo y aun así logra precariamente dar algún trabajo a sus náufragos. Es un naufragio extraño, que avanza por las carreteras de Norteamérica, guardando la memoria como núcleo existencial y mirando hacia el horizonte igual como se siente aquello que circunda, la naturaleza y los otros.

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