El oficial y el espía (J’ accuse, Francia, 2019) de Roman Polanski

Primero el deber, luego la esperanza

 

EL Oficial y el espía se inicia con un plano general compuesto con toda la simetría propia a la estructura militar y lo imponente e igualmente simétrico de la arquitectura de un imperio. La cámara va ordenadamente acercándose en cortes precisos a sus objetivos, los soldados franceses, dispuestos en un ritual de desagravio dirigido a uno de sus oficiales, el traidor, el hereje, y de alguna manera el único y el distinto Albert Dreyfuss, un joven militar francés de rica familia judía quién ha sido acusado y condenado por alta traición a la patria como supuesto espía de potencias extranjeras. En ese movimiento caro al cine en que vamos de lo general a lo particular, de la representación de un ejército ordenado en una inmensa plaza central y la masa de ciudadanos que pide la cabeza del traidor desde afuera de las rejas del palacio, hasta llegar al rostro descompuesto por la vergüenza y la vejación a la que es sujeto el Dreyfuss, asistimos al curso de una transformación tenue, armónica. La del tiempo y espacio propicio a la historia universal, esa de las estampas en los libros, al momentum de la historia singular, la de los sujetos, aquella que fija el gesto al suceso. Esa secuencia de obertura condensa sin ambigüedades ni cortocircuitos lo fluido de la relación entre la historia universal y la privada o personal en movimientos y composiciones cinematográficas casi quirúrgicas.

Georges Picquart, un conciso y elegantemente ético Jean Dujardin, es un hombre que parece reunir los mismos pecados y carismas propios a la oficialidad que lo rodea. Su antijudaismo se declara desde ese mismo inicio, sin embargo aparta la mirada cuando el degradado Dreyfuss pasa a su lado. Ha sido su profesor en la escuela de guerra, y ha tenido participación activa en la acusación y el proceso al joven militar, y una cierta culpa lo embarga. Acto seguido, Dreyfuss será enviado a la diminuta isla del diablo, perdida en el océano norte africano, donde le serán asignados guardias que tienen prohibición de hablarle y que pronto comenzarán a engrillarlo en las noches. Picquart, protagonista del filme, será prontamente encargado a dirigir el organismo de inteligencia, situado en un decadente edificio anónimo, con un portero ya muy viejo que se queda dormido y una oficina cuya ventana no se puede abrir. Es el halo de desprecio a aquellos que ofician el trabajo sucio del régimen…

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