Promising Young Woman (Hermosa venganza o Una joven prometedora, Estados Unidos, 2020) de Emerald Fennell

La muerte le sienta bien 

Reseña con spoiler

Esta es, entre varias otras cosas, la historia de una mujer que madura a través de la maduración misma de la venganza, de su precisión y afinamiento, pero no es una madurez entendida en el concepto tradicional del término, no centrada tanto en el análisis de su psicología profunda como en el territorio de lo ético que no solo le va imponiendo una guía moral para moverse en un mundo de agresión institucionalizada sino también una fuerza y motivación que la hacen reencontrarse consigo misma y con su lugar en el mundo, por bizarro que pueda parecer ese destino. Este ámbito de lo ético será el lugar de los pilares de Promising young woman: la justicia aplicada de forma matemática a través del guión, la masculinidad tóxica, la utopía de la felicidad, la acción vengadora, las ínfimas o decisivas mentiras y las grandes corrupciones del mundo. También resulta el espacio donde lo irruptor o inquietante que podría resultar todo, termina fundiéndose en un camino más conservador, Hollywood a fin de cuentas.

¿Quién es esta mujer enfadada e inteligente (más bien brillante, podemos ya ir intuyendo) que por las noches, cual súper heroína con una doble identidad secreta, sale a las calles y los locales nocturnos a cazar hombres abusivos? Se trata de Cassey Thomas, ex alumna de medicina que hace siete años abandonó intempestivamente la carrera y hoy por hoy vive con sus padres y trabaja de mala gana como dependienta en un café de posmoderna decoración, detalle que contrasta sensiblemente con el diseño conservadoramente afectado, casi asfixiantemente pequeño burgués, de la casa paterna. Cassey trata con cierto desdén a los clientes, incluso con desprecio, en un acto de rebeldía ante su destino, pero sin embargo no recibe alguna reprimenda de importancia de parte de la dueña, otra mujer en la treintena de quién se ha hecho amiga. En la escena de apertura del filme, Cassey yace aparentemente borracha perdida en un club, sola y desamparada ante el acoso inescrupuloso de los varones que por ahí pululan. La primeras frases que escuchamos en la película son justamente para ella, esta borracha, se lo anda buscando, etc. Y definen con nitidez lo que será el ideario cultural donde la protagonista ejecutará su venganza.

Cassey desea salirse, esa es una de las casillas del tablero de este filme, encontrar un buen hombre, si eso existe, una vida normal. ¿Pero quién sería bueno? aquel no abusivo e inescrupuloso con la debilidad femenina, esa es otra de las casillas, y funcionan de esa manera esquemática extrema dentro del juego porque los tintes en el relato juegan a ser matices pero no influyen realmente. ¿Cassey lo logrará? ya las primeras frases pueden llevar a intuir lo contrario, pero el misterio se mantiene, y lleva el carro de la narración, preciso y liviano como si tuviera alas, hay que decirlo. ¿Pero hablando de Cassey y su misión nocturna, sería eso justo? Cabe, en base a esto, el preguntarse ¿cuál es el objetivo y autentico móvil más profundo de la venganza de Cassey? Sin duda de que es la masculinidad tóxica, como concepto en boga en el feminismo contemporáneo, pero preocupándonos en particular de ella, como un ser, no solo en su derrotero, calvario y misión, salir del esquema es volver a vivir realmente, la película obviamente no puede casarse con este ángel como exterminador, ha de buscar su felicidad, como con cualquiera que haga justicia. Entonces la pregunta por el objetivo es realmente ¿Cuándo se detendrá?, es difícil que ella se lo pregunte, simplemente no logra evitarlo para encontrarse siempre con la misma ecuación: fragilidad y abuso.

No sabemos si la segunda oportunidad se le dará a Cassey, y cómo responderá a esta. Sí, que el filme se va explayando sobre el tablero del suspenso y la incertidumbre, su más agudo engranaje, y en la necesidad de que victimarios, indiferentes, cómplices, abusadores, culpables en suma, paguen su deuda, en primer lugar, poniéndose en los zapatos de las víctimas. He aquí la dimensión ética del personaje con su propia historia y del filme con su contexto histórico cultural: no hay madurez posible si el mundo no cambia, y va cambiando pero no lo hace solo, no por una evolución natural y progresiva de la racionalidad y su uso. Lo que yace tras los cierres de los pantalones masculinos sigue definiendo el derrotero anti ético y es tarea de la heroína el ponerlo en evidencia, pero ¿y su felicidad? Solo hay un hombre simpático (auténticamente digno de simpatía) en esta historia, es el padre, y su influencia en la crisis de la protagonista como se señaló, es mínima. Parece más un testimonio bonachón, el recuerdo de lo que debería ser un hombre, aunque algo extraviado en el tiempo y en el decorado excesivamente de clase media aspiracional, seguramente más obra de la personalidad de la madre de Cassey que dé el.

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The Lighthouse (El faro, Estados unidos, 2019), de Robert Eggers

Reseña con Spoilers

En un prólogo a la edición argentina traducida por Silvina Ocampo, de los poemas de la enigmática escritora norteamericana Emily Dickinson, Jorge Luis Borges afirma que, de las muchas regiones americanas, incluyendo Suramerica, la más regularmente visitada por la inspiración o las musas es indudablemente Nueva Inglaterra, hogar de escritores góticos, infernales o iluminados de la literatura estadounidense como Poe, Emerson, Frost, Dickinson, Melville, etc. Este último, creador de Moby Dick, inspira y es citado en canciones y relatos en esta película. Pero hay aquí un infierno propio. Uno que huele a mar, a leyendas de marineros que se creen a pie juntillas, y también recuerda a Poe, al viento tormentoso y la luz, que en general juega un papel ambivalente, a la convicción de la naturaleza como profundo misterio del que somos deudos y parte, y envuelve y casi habla, todo el tiempo, y que juega un papel tan místico cristiano como hermético en la citada poetisa norteamericana.

Es Nueva Inglaterra, en algún punto del siglo XIX. Dos hombres llegan a la isla y al faro, casi como fantasmas, mirando directamente a la cámara. Llueve mucho y la fotografía en blanco y negro multiplica sombras en igual proporción que signos enigmáticos de locura o deseo. Están solos, en un faro, uno de ellos, personificado con maestría única por Willem Defoe, se queda con el trabajo de la luz en el mar, arriba, subiendo escaleras de caracol. El faro mismo será una zona vedada para el otro, más joven y sometido no felizmente por el primero para las labores más domésticas. Se trata aquí de un tema de voluntad impuesta con furor, no hay opción de discutir. Los exteriores, filmados muy velozmente a veces, están azotados de viento y lluvia, y de la figura oscura del joven, otro espectacular Robert Pattison, en faenas, o en encuadres más concentrados, como una escena brillante en su ejecución que enfrenta a un hombre con una gaviota en planos cada vez más rápidos y violentos, una forma muy dinámica de construir imágenes góticas, allí donde la luz es una amenaza más que revela tan poco como la oscuridad. Adentro, en los interiores, la estética es densa y sórdida, espesa como el líquido que se desliza por las tablas, probablemente semen del cuidador de la luz, que gime fascinado con la luz envolvente del faro en la cúpula, una luz sobrenatural e hipnótica que solo él logra mirar extasiado, guardándonos el misterio a los espectadores. Los dos hombres conversan, se emborrachan, bailan, llegan a abrazarse, casi se besan, pero uno quiere irse, sabe que está enloqueciendo. En un primer plano en contrapicado, que gracias a la luz sobre el rostro y la barba de Defoe ilumina una gestualidad de un furor casi sobrenatural, el farero maldice con una larga perorata al joven por no gustarle la comida que prepara. Pattison finalmente solo responde un poco ausente: está bien, me gusta tu comida.

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